
Entré a revisar una instalación porque estaba generando falsas alarmas. Nada raro hasta ahí. Pero cuando levanté la vista, lo primero que vi fueron dos sensores de movimiento (PIR), uno debajo del otro, apuntando exactamente al mismo lugar.
Ya eso me llamó la atención. Parecía que lo que sí estaba bueno era el cableado.
Me acerqué un poco más y empecé a mirar el entorno. Al frente había una abertura por donde entraba luz natural. Debajo, un par de puertas que se abrían y cerraban todo el tiempo. Y arriba, bastante cerca, un equipo de aire acondicionado que generaba un clima estable, listo para ser atacado por ráfagas.
En ese momento ya estaba claro lo que pasaba.
Un sensor PIR no detecta personas. Detecta cambios de temperatura en movimiento. Y en ese punto del ambiente, todo estaba cambiando constantemente: la luz, el aire, la temperatura.
Era, literalmente, la tormenta perfecta.
Lo curioso vino después. Ese segundo sensor no estaba ahí por diseño. Estaba ahí porque el primero “fallaba”. Y en lugar de analizar la causa, alguien decidió agregar otro. Redundante? En serie? En paralelo? Mi cabeza elaboraba todo tipo de teorías.
Pero claro, el problema no era el sensor. Era el lugar donde estaban. Los dos estaban viendo exactamente el mismo escenario inestable, así que el resultado era el mismo (o peor).
No era falta de equipos. Era falta de criterio. Al final, la solución no fue agregar nada. Fue sacar, reubicar y elegir correctamente qué tecnología usar para ese punto.
Porque con los años uno aprende algo que no siempre se enseña: Cuando un sensor falla, muchas veces no es el sensor; es dónde lo pusiste.
¿Te pasó alguna vez algo así en campo?
De esos casos donde el problema parecía técnico y en realidad era de instalación. En el libro hablo de este tipo de casos y cómo estar atento para resolver de raíz problemas «imposibles»

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