Sensores Inalámbricos en Alarmas

Espectro de UHF

Los sistemas de alarma inalámbricos parecen funcionar por arte de magia. Agregamos sensores, teclados o sirenas y todo comienza a comunicarse sin cables como si el aire fuera un medio infinito y limpio. Pero hay una pregunta incómoda que pocos instaladores se hacen:

¿Qué está pasando realmente en el aire cuando instalamos estos dispositivos?

Los equipos inalámbricos utilizan radiofrecuencia para comunicarse con el panel, y el espectro radioeléctrico no es infinito. Es un recurso finito, regulado y compartido. Se parece al dial de una radio: no podemos inventar espacio donde no lo hay. Existe un ancho determinado y dentro de él los dispositivos deben organizarse para transmitir sin superponerse.

En bandas como 433,92 MHz conviven sensores de alarma, controles de portones, llaves de vehículos, estaciones meteorológicas y otros dispositivos de baja potencia. No estamos solos en esa frecuencia. Los vecinos también transmiten.

Entonces aparece una situación conocida: agregamos un sensor más y otro empieza a fallar. Lo acercamos al panel y funciona. Lo volvemos a su lugar y deja de comunicar. Antes llegaba bien. Ahora no. ¿Qué cambió?

Los dispositivos no ocupan permanentemente la frecuencia. Transmiten en ráfagas muy cortas. Si dos transmisiones coinciden en el mismo instante sobre la misma frecuencia, el receptor recibe señales superpuestas y no logra decodificarlas. Desde el punto de vista físico se produce una colisión. El protocolo puede ser distinto o la modulación variar, pero si las señales se mezclan al mismo tiempo, el resultado es interferencia.

A esto se suma el ruido de fondo y la potencia relativa de las señales presentes en el entorno.

En muchos países 433,92 MHz se encuentra dentro del rango utilizado por radioaficionados en la banda de 70 cm. Un equipo portátil trabajando legalmente con varios watts en antena puede generar una señal muy superior a la de un sensor doméstico que transmite con milivatios. El sistema de alarma no está diseñado para “ganarle” a esa señal. Debe convivir en el mismo espacio radioeléctrico.

Si aparece una transmisión potente y cercana, el receptor puede saturarse o quedar momentáneamente ensordecido. Desde nuestro punto de vista solo vemos que el sensor deja de comunicar. Pero el entorno radioeléctrico sí cambió.

Algo similar ocurre cuando utilizamos WiFi para vincular dispositivos. Los equipos no solo comparten nuestra red, sino también los canales disponibles con routers cercanos. Si no comprendemos cómo se distribuyen esas transmisiones, pueden aparecer comportamientos erráticos.

La tecnología inalámbrica no es magia. Tiene reglas y cuanto mejor entendamos esas reglas, menos sorpresas tendremos en nuestras instalaciones.

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